Mi ruta de Don Quijote, 5ª etapa y última

Tomelloso - Campo de Criptana
Viernes, 19 de octubre de 2012. 50 km. tal vez? 60? a saber...

Esta noche también he descansado bien, la habitación en el Hostal Imperio de Tomelloso era realmente sencilla, pero tranquila. Tardé en dormirme es cierto, pero en cuanto me puse a ello cundió, tanto que no tuve mucha pereza de responder al despertador con diligencia.

Llovía ya en Tomelloso a las siete treinta de la mañana, no es que diluviara, pero sí lo suficiente para que el último día de la etapa no fuera del todo lucido... al final, debo reconocer que rodar bajo la lluvia tampoco es ni tan malo ni ninguna barbaridad, hacerlo, en cambio con dolor de rodillas si lo es, malísimo y una insensatez.

Me visto pronto y recojo las cosas y salgo a desayunar. Estreno bajo lluvia de verdad la chaqueta goretex que me compré en Madrid aprovechando la fiesta final de La Espiral. Café con leche y croissant de ayer a la plancha. Acabo, fumo un poquito en el portal de la cafetería, justo en la esquina del hostal. Hay bastante tráfico por la avenida a esas horas, voy dudando se salir o matar el tiempo. Pasa una chica subida en su bici, parece que no se ha enterado de que está lloviendo, o por lo menos parece que no le importa en absoluto, ni chubasquero ni poncho ni pantalón de lluvia ni na... y mucho menos casco. Si a ella no le importa, cómo me va a importar a mi después de unos cuantos kilómetros rodados por tierras manchegas esta semana.

Vuelvo al hostal, preparo la bici, me llama abrego, se interesa por mi estado, por mi ruta, por mis rodillas. En ese momento todavía no he empezado a rodar, y aparentemente no me molestan las rodillas. Caso de no llover mucho después igual abrego sale a rodar un rato conmigo. Mi dirección de momento es Pedro Muñoz, quedamos en llamarnos o encontrarnos si eso por allí.

Salgo de Tomelloso. Es una ciudad grande de largas distancias pero no me cuesta nada encontrar la salida. La lluvia que es apenas una llovizna ya no me molesta en absoluto, las rodillas, aparentemente tampoco. Nada más salir de la ciudad por por la CM-3103 paso por el Santuario de Nuestra Señora de las Viñas, Patrona de Tomelloso. Me llama la atención una curiosa decoración que hay en él a lo largo del camino del Santuario. Decoración que inicialmente se me antoja bastante fea, pero a la vez original y pertinente, pues se trata de dos hileras, una a cada parte del camino de las típicas tinajas cilíndricas (no se qué nombre recibirán de verdad) que tanto abundan por esta zona manchega para almacenar agua. Están pintadas de blanco y en cada una de ellas está pintada la publicidad de una firma comercial.

llego hasta la puerta del Santuario una ermita no muy grande, las puertas están cerradas aunque por los cristales se puede ver un poco el altar. En ese momento, arrecia un poco más la lluvia y me refugio en el alero de lo que debe ser un bar de verano o fin de semana. No hay nadie en la zona a excepción de unos operarios que están (intuyo) refugiados de la lluvia también, en un edificio de la parte de enfrente. Enciendo la pipa pero pronto me pongo nervioso por estar allí perdiendo el tiempo, siendo así que lo de la lluvia igual va para largo. Retomo enseguida el camino.

La carretera debo reconocer que es deliciosa. Está tranquila, el pavimento y el arcén me permiten circular con tranquilidad, los pocos coches y camiones que pasan lo hacen con bastante velocidad pero todos ellos toman la precaución de dejar entre ellos y yo una buena distancia de seguridad. Me gusta como huele la tierra, como se intensifican los contrastes de colores con la humedad de la tierra. Hay pocos por no decir ningún sitio a uno y otro lado de la carretera que permita refugio en caso de jarrear, pero tampoco me importa mucho, eso es una constante desde que emprendí este viaje, apenas hay construcciones en los lindes de las carreteras, es posible que la razón esté en que la mayoría son carreteras bastante nuevas.

Diviso a lo lejos la silueta de un gran árbol justo al borde de la carretera, cuando ya lo tengo cerca compruebo que es también una gran encina, tal vez no sea tan grande como aquella de cuando le envié el wasapp a Jofe, pero bien hermosa y solitaria si que es. Me paro cerca, le hago una foto, unas caladas a la pipa y sigo. La carretera, recta pero muy recta como casi todas estas, me lleva a Pedro Muñoz, ciudad a la que quiero llegar más por no se qué, que el valor dentro de la ruta del Quijote pudiera tener. No es una ciudad que me llame la atención pero sí que me servirá para tomar algo y permitirme un descansito que ya me está haciendo falta, especialmente por las rodillas (la derecha sobre todo) que me está escociendo ya bastante.

Busco el centro y en la plaza donde esta el Ayuntamiento también veo un bar que tiene buena pinta. Está contiguo al Centro Cívico. Por tres euros me tomo una señora cerveza, dos tapas y un cortado con leche natural. No turisteo mucho por la ciudad, apenas foto en la plaza y sigo tras tomar la decisión del día. No ir hasta el Toboso.

Me había hecho ciertas ilusiones de acercarme hasta El Toboso, más por rendir homenaje a mi Dulcinea que por otra cosa. Francamente lamento no haberme acercado, pero el escozor y la molestia en aumento de las rodillas me disuadieron del asunto, hubiera sido una temeridad hacerlo. Así que nada más salir de Pedro Muñoz enfilo la Nacional, la N-420. Esta si tiene más tráfico, llueve y es como las demás, recta para aburrir. En estas me llama el compañero abrego, el no saldrá a rodar conmigo en bici (no le culpo, menudo día), pero si me propone que me quede esa noche en su casa y podremos visitar por la tarde los molinos de viento y su entorno en Campo de Criptana. El día de lluvia, mis rodillas y mi interés por visitar la ciudad me hacen no oponerme a la propuesta de abrego que acepto de buen grado.

No parará de llover (aunque con poca intensidad ya) durante casi todo lo que queda de día y la siguiente noche y su mañana. Llego pasadas las tres de la tarde a Campo de Criptana, tierra de molinos de viento, me adentro en la ciudad, buscando naturalmente su centro para, como hago siempre que puedo tomarme un cortadito con leche natural as la vera de la Nana. Llueve, me gusta este pueblo, desde luego no es pequeño ni tampoco llano. Una vez resuelto lo del cortadito llamo al compañero que no tarda en acudir (por cierto en bici), otro cortadito, él una infusión y salimos hacia su casa montados en las bicis mientras ya por el camino me va contando cosas de la ciudad y de sus edificios.

Una vez instalado y cambiado salimos a turistear. Suerte la mía que tropecé con los anfitriones más adecuados, tanto Abrego como su señora (a la que aprovecho para agradecer su hospitalidad), tenían contactos con el personal de turismo y tuvimos una especial visita guiada por los molinos y las cuevas de Campo de Criptana. Un repasito a una exposición sobre la Batalla de las Navas de Tolosa en el bonito edificio del Pósito Municipal acompañados por Dimas (buen amigo y compañero de Abrego), visita y explicación de las armas de avancarga que Dimas colecciona y a cenar a casa, no sin antes probar unos sabrosos rollitos dulces que hizo la suegra de Abrego con motivo de su cumpleaños (el de ella claro. Muchísimas felicidades de nuevo) y una sabrosa mistela.

La noche es tranquila, de llovizna persistente pero descanso (creo que es la noche que más y mejor duermo)
Madrugamos algo pero no gran cosa, café en casa y tras despedirnos de la anfitriona, Abrego me lleva en coche hasta la estación de tren de Alcázar de San Juan. Compro el billete de vuelta, espero en el andén, donde por cierto hace bastante rasca. Pasó más de una hora de espera solo pero de repente viene un tren procedente de donde no recuerdo, desembarca montonazo de gente con maletones y el andén donde esta previsto que llegue el tren hacia Valencia y Barcelona Sants se llena. Llega con algo de retraso pero ningún problema cabemos todo y en especial cabe la Nana (mi gran preocupación).

El viaje de vuelta es rápido y tranquilo. Las nubes se ha ido disipando y ya, a la llegada a Valencia el sol reina como no podía ser de otra manera... tal vez un signo de esperanza en otro viaje...

No puedo decir que en algún momento del viaje me he sentido Don Quijote, ni siquiera Sancho, tampoco insisto en decir que haya seguido sus huellas ni la ruta literaria que propiciara Cervantes. Pero sí puedo decir que en todo momento, la memoria de mi viejo profesor Don Manuel (El Maiques) enamorado del Quijote a rabiar, estuvo presente en cada jornada, lo mismo que la gente del foro de Rodadas, a quien tanto y tan bueno debo.

Las fotos de la jornada. 


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