Jueves, a pocos minutos para las nueve de la noche. No es que se me haga tarde pero tampoco andamos sobrados de tiempo. Entro en la habitación, ella está allí, siempre está allí desde que la trajimos a casa. Mochilita con nuestras cosas (las mías, las suyas). La cojo, la acompaño como siempre para salir de la habitación y enfilar el pasillo hacia la puerta.
Apenas salimos de la habitación, un par de pasos por el pasillo y enseguida noto que algo no marcha, la noto rezongona. Si no la conociera bien pensaría que hoy no le apetece salir, venirse conmigo. Sé que no es eso. Algo le pasa. Unos costosos pasos más, estamos a la altura de la cocina, la luz del fluorescente que filtra la cristalera nos alumbra ahora pero sigo sin ver el motivo de su cabeceo oscilante. Aprieto el pulsador del aplique del pasillo y enseguida entiendo sus razones.
Efectivamente, no estaba bien. Sabía que algo así tarde o temprano pasaría. Hasta ahora había gozado de una salud envidiable. Se había criado en casa con suma facilidad, como quien dice sola. Ni una queja, ni una molestia. Pero era de suponer que pasaría. Se me cae el mundo encima, no por la prisa que ya empiezo a tener para acudir puntual al ensayo del coro; me he quedado petrificado, la prisa no puede luchar contra mi desolación.
La devuelvo con el máximo cariño de que soy capaz a la penúltima habitación del pasillo a mano izquierda. Procuro evitar un exceso de presión cuando la acompaño. Sus rodados pasos son lentos pero sigue sin quejarse. La acomodo en su sitio, creo que me mira como pidiendo perdón por lo que le ha pasado, por el perjuicio que me ocasiona.
La miro, procuro sonreirle ocultando el desazonamiento que siento. Sé que ella no tiene la culpa, sé que de eso nadie tiene la culpa. Venga bonita no te preocupes, descansa que no tardo nada en volver y le ponemos solución. Saco de la mochila sus cosas y dejo las mías (y entre ellas las partituras del ensayo del coro). Apago la luz y salgo de la habitación sin hacer mucho ruido hasta llegar al zaguán, cojo del estante de piedra las llaves del coche y salgo disparado hacia la otra punta del pueblo.
Será lo que estamos ensayando, será que no tengo la cabeza donde debe estar, se me hace larga la espera hasta llegar a casa y comprobar como se encuentra. Igual, nada ha cambiado.
Sabía que tarde o temprano sucedería y sucedió. Debió ocurrir ayer noche, cuando juntos volvíamos del ensayo de los miércoles. A saber en qué calle encontraría ese virus punzante que me ha dejado coja a la niña. Bueno, no hay que darle más vueltas. Se impone una solución y debo dársela yo. Es mi responsabilidad, es mi niña y yo soy su todo.
Sucedió y en el fondo no se cómo apañármelas. Tengo alguna idea. Alguna vez, poquísimas lo he visto hacer. Debo ponerme y sobreponerme. Al fin y al cabo (dirá la gente), ¡tan sólo es un pinchazo!
Efectivamente, será sólo un pinchazo, pero es su primer pinchazo, nuestro primer pinchazo.
Ella está ahora mismo en la penúltima habitación del pasillo a mano izquierda, allí con la luz apagada y la rueda delantera pinchada.
Han tenido que pasar casi un par de días para poder resolver el pinchazo. Obligaciones personales y familiares y especialmente que ella no me pedía con urgencia la reparación, han impedido que pusiera remedio con más celeridad. Aunque en el fondo, ¿a quién quiero engañar? La verdad es que lo he ido dejando por miedo a meterle mano al arreglo.
Es ya sábado por la tarde, dentro de unas pocas horas si el tiempo no lo remedia tenemos que salir ella y yo, en compañía de buenos amigos a una rodada desde Algemesí al Mondúver (ida y vuelta). No debo prolongar ya más esta agonía. Me pongo manos a la obra.
Esto de arreglar un pinchazo (al menos lo de cambiar una cámara) lo he visto ya hacer en dos o otres ocasiones, lo de poner un parche eso sí que no. Pero vamos a ello.
No me ha sido tarea tan sencilla como parecía sacar la cámara pinchada y menos aún poner la nueva pero hecho está y la pinchada con su parche. De momento la niña ya está bien o eso parece, que no pasan más de unos pocos minutos que no entre y vuelva a entrar constantemente en la penúltima habitación del pasillo a mano izquierda y que oprima (eso sí con mimo) entre los dedos pulgar e índice de la mano izquierda la cubierta de la rueda delantera. Aparentemente todo está normal, la sigue teniendo inflada y bien inflada. Vewremos que tal mañana... que por las noches ya se sabe, los males son más males pero cuando amanece la cosa cambia... o así lo deseo.
Ttenía que suceder y sucedió, temía que llegara este momento de ciclista primerizo y aunque lento, me siento orgulloso, creo que dí (anque lento) la talla. La niña ya está lista y yo mucho más tranquilo.
En este sitio apunto las cosas que me interesan de Manises, de mis lecturas, de mis cosillas, pero en especial de mi vida desde la bicicleta
Ausencia, por primera vez
Esta es la primera noche que ella no pasa en casa. El penúltimo cuarto del pasillo a mano izquierda esta noche está desierto. Sólo alguno de sus complementos sobre el edredón azul a cuadros y en el ambiente el aroma que despide cuando está a punto para salir.
Esta noche no me hago a la idea, ella no está en casa. Está en lugar seguro, no sé si más agradable para ella, por aquello de la compañía y esas cosas. Está relativamente cerca y emocionalmente lejos.
Se nota su hueco, se echa de menos su fino velo de polvo caminero. Esta noche es la primera que pasa fuera de casa. Se quedó junto a otras amigas, algunas sin estrenar aún, otras con más mili que el Capitán Tan. Se quedó para mejorar.
En el taller la mejorarán.
Cuando vuelva el viernes, no estará más bonita porque estarlo no se puede, pero seguramente tendrá más abiertas las alas, con más dientes en sus piños y subieremos las cuestas con más facilidad. Subiremos más cuestas, todas las cuestas... aunque a veces las hay que cuesta... como la vida misma.
Le hice caso a Pollo11, lo consulté con Floren, lo ratificaron las manos que se encargarían de darle más vida (larga vida le deseo). Mi bicicleta, cuando vuelva el viernes tendrá 27 marchas, un par de piñones con más dientes, unas manetas doore más dulces de usar, el manillar algo más bajo... y lo que algo sí me duele, la rueda trasera nueva... será al final diferente de la delantera... creo que eso no me gusta... como aquel día que me fuí a tomar café con un zapato de cada color...
El viernes está cerca... pero a mi me parece tan lejos... ya tengo ganas de recogerla...
Esta noche no me hago a la idea, ella no está en casa. Está en lugar seguro, no sé si más agradable para ella, por aquello de la compañía y esas cosas. Está relativamente cerca y emocionalmente lejos.
Se nota su hueco, se echa de menos su fino velo de polvo caminero. Esta noche es la primera que pasa fuera de casa. Se quedó junto a otras amigas, algunas sin estrenar aún, otras con más mili que el Capitán Tan. Se quedó para mejorar.
En el taller la mejorarán.
Cuando vuelva el viernes, no estará más bonita porque estarlo no se puede, pero seguramente tendrá más abiertas las alas, con más dientes en sus piños y subieremos las cuestas con más facilidad. Subiremos más cuestas, todas las cuestas... aunque a veces las hay que cuesta... como la vida misma.
Le hice caso a Pollo11, lo consulté con Floren, lo ratificaron las manos que se encargarían de darle más vida (larga vida le deseo). Mi bicicleta, cuando vuelva el viernes tendrá 27 marchas, un par de piñones con más dientes, unas manetas doore más dulces de usar, el manillar algo más bajo... y lo que algo sí me duele, la rueda trasera nueva... será al final diferente de la delantera... creo que eso no me gusta... como aquel día que me fuí a tomar café con un zapato de cada color...
El viernes está cerca... pero a mi me parece tan lejos... ya tengo ganas de recogerla...
Vuelta a la Albufera de Valencia
Este sábado pasado tuve una nueva y grata experiencia cicloturista. Apenas 76 kilómetros en una mañana, entre campos inundados a la espera de la semilla del arroz, pinos y arena en la Dehesa de El Saler, alumerzo en El Palmar y sobre todo la sensación grata de estar en buena compañía.
Además aprendí a subir cuestas sin desfallecer, aprendí a ir más poco a poco cuando es necesario y recordé lejanos años de pedaleo solitario que creía olvidados.
Reconocí aquel vientecillo tan viejo como los años pasados, advertí de nuevo los olores que pensaba formaban parte del sueño literaturizado. Fué un ir y venir... tan sólo eso, un ir y venir, que quizás no sea tan difícil de entender... un ir... un venir... y ya estar en casa... de nuevo. Accede al relato si quieres.
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Paco llevaba el casco puesto
Tres y pico de la tarde de ayer jueves 20 de mayo de 2010. Mi amigo Paco circula con su biblicleta por las calles de Manises. Viene de pasar un buen rato pedaleando por el parque fluvial del Turia (en su parte más urbana de la Ciudad de las Ciencias).Vendrá cansado, seguro que algo cansado con sus sesenta y bastantes años a cuestas. Pero vendrá feliz. Habrá comido un bocata en alguno de los muchos kioscos que hay en aquella parte (es un amplísimo jardín muy urbanizado). Esa misma mañana había estrenado su nuevo equipamiento ciclista (el día anterior por la tarde se compró en el Decathlón un maillot y unos culottes cortes. Vino antes de partir a enseñármelo. Qué juvenil... qué radiante... se le veía feliz.
Y se fué, debió disfrutar mucho de aquel par de horas subido a su recién estrenada (un par de meses a lo sumo) bicicleta. Se fué.
Tres y pico de la tarde de ayer jueves 20 de mayo de 2010. Paco vuelve de su periplo ciclero por el río. Entra en Manises por la parte del flamante puente de tirantes blancos. Seguirá por la calle sagrario, plaza del Castell y calle Cura Catálá. Todo bien, hasta que a mitad altura de la calle Cura Catalá un coche (un wolswagen passat gris oscuro) viene por detrás... no le adelanta claro, no puede, la calle es muy estrecha (todas estas del casco antiguo lo son). Tuerce a mano izquierda por la calle Cervantes (dirección obligatoria) y el coche (un wolswagen passat gris oscuro) drés. Paco oye como el coche ruge empujado por el pedal del conduct@r. Paco oye el rugido, se gira, ve que le apura demasiado... la calle es muy estrecha y hay coches aparcados en un lado de la calzada.... sigue Paco delante, el coche (un wolswagen passat gris oscuro) sigue apurando... debe de estar ya muy nervios@/desesperad@ el conduct@r...
Paco tuerce a la derecha esquina calle Mayor (dirección obligatoria) Paco se encuentra con una pareja de peatones que en este momento van por el centro de la calle. Paco intenta esquivarlos abriéndose más en la esquina. El coche (un wolswaguen passat gris oscuro) ve abierta la puerta del cielo, ya tiene espacio para passar aunque no deba de hacerlo. El coche (un wolswaguen passat gris oscuro) empujado por su conduct@r desesperad@ (ridículamente desesperad@, absurdamente desesperad@ aprovecha la ocasión e intenta adelantar a Paco subido en ese momento aún a su bicicleta. El coche (un wolswaguen passat gris oscuro) pasa justito pero acaba empujando la rueda trasera de la bicicleta de Paco. Paco y su bicicleta se van al suelo... muy al suelo, como unos cuatro o cinco metros de suelo... susto general... la pareja de peatones que transitaban por el centro de la calzada de la calle Mayor asustados, unas niñas que lo vieron desde su balcón asustadas, una madre que llevaba a su bebé en el cochechito por la acera asustada, el coche (un wolswaguen passat gris oscuro) ni se paró... se fué... y nunca más se supo.
Paco quedó tirado en el suelo, perdió la zapatilla del pie derecho. Fué asistido por los que pasaban... el coche (un wolswagen passat gris oscuro) no lo auxilió, ni paró, ni preguntó, ni nada.
Afortunadamente a mi amigo Paco sólo le queda del asunto mucho susto, algunas partes del cuerpo untadas de betadine, tensión e indignación. El coche (un wolswaguen passar gris oscuro) le apuraba... le apuraba tanto que lo tiró y no se paró... no paró. Paco llevaba el casco puesto (le vino muy bien porque recuerda el golpe)... es tan buena persona que ni siquiera había presentado denuncia... Ya... me dice esta mañana... pero... ¿contra quién? no tomamos su matrícula... Claro... para tomar matrícula alguna estaban... estaban para atenderlo los que lo atendieron... el/la (sabemos lo que es...) conductor del coche (un wolswaguen passatr gris oscuro) no paró, ni tomó nota, ni preguntó... sin duda una mala persona...
Paco denunció esta mañana y también le han reconocido en el centro de salud... Nada grave... bueno, la indignación que siente... eso sí que es grave... del coche (un wolswaguen passat gris osucuro) ya no se supo y el pensar lo que hubiera podido suceder...
Paco está bien, yo estoy bien... ¿cómo estará el/la conductor del... wolswaguen passat gris oscuro... ¿podrá guarecerse bajo la excusa de no haberlo visto?.... pues como poder podrá... pero no se debe... que sepa que no se debe...
Mi primera ruta cicloturista: La Via Verde Ojos Negros

He tenido una experiencia personal grata, muy grata y que ya he ido compartiendo con mis amigos del foro de Rodadas.net. Estaba como es normal (vía mensaje) bastante fraccionada la crónica de este asunto, mi primera experiencia cicloturística (La Vía Verde Ojos Negros). Le he dado un poco más a la tecla y estirado el tiempo y la he recopilado (más o menos) toda junta.
Está en formato pdf, para que el que quiera y tenga ganas se la pueda bajar (o imprimir incluso), para leerla con la calma que yo me he tomado en escribirla.
A los que me habéis seguido, ayudado y soportado... muchas gracias por todo, con el deseo de que no sea la última (que no lo será).
De Llíria a Rafelbunyol
Domingo, 21 de marzo de 2010. 8:30 horas de la mañana. Nublado. Muy nublado. La imagen del callejón que veo desde la ventana del dormitorio es radicalmente diferente a la que esperaba. Dudo. Dudo mucho.
¿Te vas por fin? –Me pregunta.
Sí, creo que sí –contesto no muy decidido.
Debo ir –me digo a mí mismo.
Sí, me voy –le contesto con decisión pero intentando disimular que no es nada fácil, que quizás no es buena idea, que hace mal tiempo y que puede llover, que no tengo ropa impermeable todavía, que mejor dejarlo para otro momento que tiempo habrá (intentando hacer verdad aquello de más días que longanizas, pero es que en casa no hay longanizas desde hace un par de meses más o menos, estamos a régimen).
Me voy, la ilusión que tengo en esto me puede más que todos los miedos que tengo amochilados desde hace tiempo a la espera de... no se qué, pero debo intentarlo. Es domingo, 21 de marzo de 2010, ella espera y yo la estuve esperando. Ahora, hoy podemos estar juntos. Iniciar no sé que tipo de aventura, corrida, rodada, circulada... nos vamos, decididamente nos vamos. Sé que no se va a quedar tranquila en casa. Sé que se me va a caer la casa encima si me quedo. Un sé en una mano y un sé en la otra... sopeso... decididamente me voy.
Me levanto, al baño (a lo que debemos ir todos en semejante hora), busco la ropa apropiada. Me pruebo el pantalón. Muy ajustado. Una segunda piel (fresquita por cierto) y una cosa muy rara que llaman badana, una gigantesca especie de compresa mullidita. Nunca había tenido esa sensación ni llevado cosa semejante a una compresa, una ventaja –supongo- de ser hombre. Camiseta, jersey, chaqueta cortavientos comprada hace un par de años o tres en Decathlón por cuatro chavos para el Camino de Santiago (muy útil, una inversión genial porque la he usado hasta para ir de paseo y al trabajo).
Voy a la cocina, desayuno café con leche y galletas María Dorada. Ella está encantada de verme desayunar en casa. (Siempre le hizo ilusión que desayunáramos juntos en casa, pero uno es más de cortadito en el bar, pero es domingo, temprano y ningún bar abierto en el barrio). Desayuno en casa, lleno el bidón de plástico de "Bicicletas Abad" tras haberlo enjuagado mucho, pero que mucho desde que lo tengo, pero jamás deja de tener el agua sabor a plástico, o a petróleo o yo que sé. Sin duda es un mal bidón pero sólo me acuerdo de comprar otro cuando voy a llenar este. (Han pasado ya varias semanas desde aquel domingo 21 de marzo de 2010 y sigo sin comprarlo y sigo acordándome de hacerlo sólo cuando lo lleno este de agua).
Ella me prepara un par de sándwiches de queso y pamplonés que pone en una bolsa de cierre hermético junto a una servilleta de papel, (me encanta lo meticulosa que es en muchas cosas... está en todo). Todo a la mochila: sandwiches, bolsa de plástico para restos, navajita, herramienta multiusos, candado tipo muelle que pesa un muerto, luz frontal (no se para qué, pero como siempre "porsi"), la cartera con documentación, el monedero (que no me sirvió de nada... muy raro pero no me tomé ni un cortadito en toda la mañana... ya tenía yo suficiente con intentar sobrevivir al intento). Sigo... monedero, la bolsita de tabaco, la pipa, los trastos de encender (la pipa), llaves de casa (porque en ellas va la del candado)... Todo.
Me voy –le digo.
Cuídate –me dice con cariño mientras nos acompaña por el pasillo hasta la puerta del descansillo. Me despido con un hasta luego de ella y por ella (la segunda ella que es la que se viene conmigo todavía no habla... o al menos yo le hablo pero ella no contesta).
Salimos del portal, me pongo los guantes con los dedos al aire, como antes se veía en los cuentos en los que siempre había un pobre con sombrero, levita hecha polvo y guantes gastadísimos hasta lo infinito dejando salir las puntas de los dedos o los dedos al completo. Pues así (de raro) me siento yo con estos guantes. Y me pongo el casco. El casco... qué cosa más curiosa cuando lo tuve por primera vez en mis manos. ¡Si es que no pesa nada! Es todo corcho con una fina cubierta de plástico rígido, pulido y brillante por el exterior... ¿Y esto tan liviano protegerá? No se lo dije al vendedor, pero lo pensé. Lo sigo pensando. Pero como la recomendación generalizada es que hay que llevarlo, pues a ello. Y no se me ha olvidado ningún día. Es más, es que no me muevo ni un palmo sin él. Le tengo ya cariño, a pesar de que cuando me lo quito el pelo se ha acoplado a la forma del interior y se me queda una especie de ondas que me recuerdan a un bicho extraterrestre que vi en una película (lo siento, no sé cuál, mala memoria que tengo y poco interés que uno le viene poniendo a esto del cine).
Casco puesto, contador a cero tras pulsar simultáneamente las dos únicas teclitas que tiene el contador.
Nos vamos.
Ya nos fuimos.
Empezó todo.
Salgo de Manises (sigue muy nublado) en dirección a la estación de Metro de Paterna. Parece incluso que chispea. Dudo. Dudo mucho si es buena idea salir con este pronóstico de tiempo. Llego a la estación, está absolutamente desierta. Entro con la bici en la estación. Pregunto al señor de la ventanilla si puedo ir a subir al metro con la bicicleta hasta Llíria (sonríe y no se porqué), me dice que sí y compro un billete de ida (que para la vuelta desde Rafelbunyol ya llevo el bonometro de mi zona, que es la A-B).
Con el billete en la mano salimos de la estación, este es el verdadero inicio. Aparco la bici fuera apoyada en un banco (que todavía no me han puesto el artilugio para aparcar la bici como "diosmanda"). Me siento, me levanto, apenas hay ya una o dos personas en la estación. Me vuelvo a sentar. Enciendo la pipa mientras espero que llegue el tren. No llega. Sigo fumando. Algunas personas más llegan para esperar el metro. Por fin llega uno. No. Este no debe ser porque se queda estacionado en la vía de enfrente y el señor de la taquilla me ha dicho que la vía hacia Llíria era en la que yo estaba y por megafonía no han anunciado cambio alguno. Efectivamente ese tren se va por donde vino. ¡Bien hecho! De momento sin equivocaciones.


Ermita de Sant Vicent, alguna foto más. Me siento un poco frente a ellas. Enciendo de nuevo la pipa. Apenas algunas chupadas nada más que tengo ganas de rodar ¿Venía a eso no? Doy alguna vuelta por el parque de gigantescos árboles. Desierto absolutamente. Una mujer con un carrito de la compra va repartiendo comida a los gatos (que los hay a puñados) y a las palomas. Les pone agua en unos recipientes de plástico que trae. Una pareja con un perrazo se detiene a hablar con ella.
¿Te vas por fin? –Me pregunta.
Sí, creo que sí –contesto no muy decidido.
Debo ir –me digo a mí mismo.
Sí, me voy –le contesto con decisión pero intentando disimular que no es nada fácil, que quizás no es buena idea, que hace mal tiempo y que puede llover, que no tengo ropa impermeable todavía, que mejor dejarlo para otro momento que tiempo habrá (intentando hacer verdad aquello de más días que longanizas, pero es que en casa no hay longanizas desde hace un par de meses más o menos, estamos a régimen).
Me voy, la ilusión que tengo en esto me puede más que todos los miedos que tengo amochilados desde hace tiempo a la espera de... no se qué, pero debo intentarlo. Es domingo, 21 de marzo de 2010, ella espera y yo la estuve esperando. Ahora, hoy podemos estar juntos. Iniciar no sé que tipo de aventura, corrida, rodada, circulada... nos vamos, decididamente nos vamos. Sé que no se va a quedar tranquila en casa. Sé que se me va a caer la casa encima si me quedo. Un sé en una mano y un sé en la otra... sopeso... decididamente me voy.
Me levanto, al baño (a lo que debemos ir todos en semejante hora), busco la ropa apropiada. Me pruebo el pantalón. Muy ajustado. Una segunda piel (fresquita por cierto) y una cosa muy rara que llaman badana, una gigantesca especie de compresa mullidita. Nunca había tenido esa sensación ni llevado cosa semejante a una compresa, una ventaja –supongo- de ser hombre. Camiseta, jersey, chaqueta cortavientos comprada hace un par de años o tres en Decathlón por cuatro chavos para el Camino de Santiago (muy útil, una inversión genial porque la he usado hasta para ir de paseo y al trabajo).
Voy a la cocina, desayuno café con leche y galletas María Dorada. Ella está encantada de verme desayunar en casa. (Siempre le hizo ilusión que desayunáramos juntos en casa, pero uno es más de cortadito en el bar, pero es domingo, temprano y ningún bar abierto en el barrio). Desayuno en casa, lleno el bidón de plástico de "Bicicletas Abad" tras haberlo enjuagado mucho, pero que mucho desde que lo tengo, pero jamás deja de tener el agua sabor a plástico, o a petróleo o yo que sé. Sin duda es un mal bidón pero sólo me acuerdo de comprar otro cuando voy a llenar este. (Han pasado ya varias semanas desde aquel domingo 21 de marzo de 2010 y sigo sin comprarlo y sigo acordándome de hacerlo sólo cuando lo lleno este de agua).
Ella me prepara un par de sándwiches de queso y pamplonés que pone en una bolsa de cierre hermético junto a una servilleta de papel, (me encanta lo meticulosa que es en muchas cosas... está en todo). Todo a la mochila: sandwiches, bolsa de plástico para restos, navajita, herramienta multiusos, candado tipo muelle que pesa un muerto, luz frontal (no se para qué, pero como siempre "porsi"), la cartera con documentación, el monedero (que no me sirvió de nada... muy raro pero no me tomé ni un cortadito en toda la mañana... ya tenía yo suficiente con intentar sobrevivir al intento). Sigo... monedero, la bolsita de tabaco, la pipa, los trastos de encender (la pipa), llaves de casa (porque en ellas va la del candado)... Todo.
Me voy –le digo.
Cuídate –me dice con cariño mientras nos acompaña por el pasillo hasta la puerta del descansillo. Me despido con un hasta luego de ella y por ella (la segunda ella que es la que se viene conmigo todavía no habla... o al menos yo le hablo pero ella no contesta).
Salimos del portal, me pongo los guantes con los dedos al aire, como antes se veía en los cuentos en los que siempre había un pobre con sombrero, levita hecha polvo y guantes gastadísimos hasta lo infinito dejando salir las puntas de los dedos o los dedos al completo. Pues así (de raro) me siento yo con estos guantes. Y me pongo el casco. El casco... qué cosa más curiosa cuando lo tuve por primera vez en mis manos. ¡Si es que no pesa nada! Es todo corcho con una fina cubierta de plástico rígido, pulido y brillante por el exterior... ¿Y esto tan liviano protegerá? No se lo dije al vendedor, pero lo pensé. Lo sigo pensando. Pero como la recomendación generalizada es que hay que llevarlo, pues a ello. Y no se me ha olvidado ningún día. Es más, es que no me muevo ni un palmo sin él. Le tengo ya cariño, a pesar de que cuando me lo quito el pelo se ha acoplado a la forma del interior y se me queda una especie de ondas que me recuerdan a un bicho extraterrestre que vi en una película (lo siento, no sé cuál, mala memoria que tengo y poco interés que uno le viene poniendo a esto del cine).
Casco puesto, contador a cero tras pulsar simultáneamente las dos únicas teclitas que tiene el contador.
Nos vamos.
Ya nos fuimos.
Empezó todo.
Salgo de Manises (sigue muy nublado) en dirección a la estación de Metro de Paterna. Parece incluso que chispea. Dudo. Dudo mucho si es buena idea salir con este pronóstico de tiempo. Llego a la estación, está absolutamente desierta. Entro con la bici en la estación. Pregunto al señor de la ventanilla si puedo ir a subir al metro con la bicicleta hasta Llíria (sonríe y no se porqué), me dice que sí y compro un billete de ida (que para la vuelta desde Rafelbunyol ya llevo el bonometro de mi zona, que es la A-B).
Con el billete en la mano salimos de la estación, este es el verdadero inicio. Aparco la bici fuera apoyada en un banco (que todavía no me han puesto el artilugio para aparcar la bici como "diosmanda"). Me siento, me levanto, apenas hay ya una o dos personas en la estación. Me vuelvo a sentar. Enciendo la pipa mientras espero que llegue el tren. No llega. Sigo fumando. Algunas personas más llegan para esperar el metro. Por fin llega uno. No. Este no debe ser porque se queda estacionado en la vía de enfrente y el señor de la taquilla me ha dicho que la vía hacia Llíria era en la que yo estaba y por megafonía no han anunciado cambio alguno. Efectivamente ese tren se va por donde vino. ¡Bien hecho! De momento sin equivocaciones.
Llega por fin el transporte. Nos subimos. El tren está casi como la estación: desierto. No sé que hacer con ella, es la primera vez que nos subimos juntos al tren. Hago todo el trayecto en la parte de las puertas, de pie intentando mantener la estabilidad de ambos. El trayecto se hace corto. Van pasando los pueblos, las estaciones.
Veo charcos, muchos charcos. Mal pinta la cosa. Pero ya estamos en ello, no hay vuelta atrás. Bueno sí la hay, pero nobleza obliga. El tren avanza rápido. Llegamos a Llíria.
Nos bajamos. Feliz, ilusionado. Primera foto. Muy mala foto. Bueno ahora no importa. Estamos aquí y eso sí que importa. Casco, guantes sin dedos, consulto el cuadernillo de la ruta nº 17 del metrobici (me hice un cuadernillo para tenerlo todo más claro, con la letra más gorda, los párrafos mejor separados y al final un mapilla que no llegué a consultar).
Iniciamos la subida por una calle hasta el centro. Menuda subida. Imposible subir. Me bajo. Mal empezamos. Voy a pie tirando de ella, si no llego a bajarme a tiempo me caigo exhausto. Qué barbaridad de subida. Llego hasta la calle... no recuerdo el nombre ahora, habría que mirar el cuadernillo, pero no tengo ahora muchas ganas.
Primeras fotos. Siguen siendo malas las fotos. Tengo más ganas de rodar que de fotografiar. Esto mismo me seguirá pasando hoy y muchos días después. No controlo la prisa. No debería tenerla ni sentirla, pero no me abandona.
Una vez ya en llano, tirando más de bajada que otra cosa y en especial intentando levantar el culo para no resentirme al pasar los puñeteros badenes de las calles ¡Jodido invento! Salgo de Llíria. Magnífico carril bici hasta el Oasis de Sant Vicent. Qué recuerdos con la familia. Soledad absoluta. Le hago algunas fotos en la ermita. Siguen siendo muy malas fotos. Esto antes no pasaba. Será la camarita. La compré nueva hace poco pensando en que sería ideal para llevarla siempre en el bolso. ¡Fiasco! No es nada del otro mundo y las baterías se agotan en nada. Deberé rescatar mi vieja Olympus con pilas recargables, es posible que no tenga tantos megapíxeles de esos y abulta bastante más pero retrata mucho mejor con diferencia. Ermita de Sant Vicent, alguna foto más. Me siento un poco frente a ellas. Enciendo de nuevo la pipa. Apenas algunas chupadas nada más que tengo ganas de rodar ¿Venía a eso no? Doy alguna vuelta por el parque de gigantescos árboles. Desierto absolutamente. Una mujer con un carrito de la compra va repartiendo comida a los gatos (que los hay a puñados) y a las palomas. Les pone agua en unos recipientes de plástico que trae. Una pareja con un perrazo se detiene a hablar con ella.
Pasa un rato. Les hago alguna foto malísima en la distancia que luego en casa acabo por borrar. Apenas se ve nada. Sentado cerca de uno de los estanques veo pasar algún grupito familiar más. Poca gente, muy poca. Mucha diferencia con la última vez que estuve aquí con la familia, las sillitas y la mesa plegable y las niñas. ¿Cuántos años hará de esto? Diez, siete, once... Muchos y esto esta igual, igual de cuidado igual de frondoso.
Especialmente se añade hoy a la soledad la oscuridad de este domingo muy nuboso. Alguna gotita, nada de importancia. Subo a la bici y por el carril bici me dirijo a Marines, paso frente a él sin entrar. Mal hecho, debía acercarme hasta el bar Bella y tomar un cortadito. No entro y no se porqué.
Prometo no volver a pasar de largo. Sigo la ruta nº 17 del Bicimetro. A cada poco la voy ojeando, me sirve más o menos. Está bastante bien explicado todo, pero para uno no muy diestro es fácil perderse pero... ¡Milagro! Alguien tuvo el detalle de ir señalizando la ruta con unas plaquitas de fondo blanco y tinta roja con el logo del metro, una flechita y una bicicleta (creo... no estoy muy seguro de haber acertado con la descripción de la miniseñal... ahora me arrepiento de no haberle hecho alguna foto... me arrepiento ahora de no haber hechos muchas fotos... me arrepiento ahora de haber tenido demasiada prisa... o quizá demasiada emoción... bueno... de lo de la emoción no me arrepiento... lo escribo ahora y sigo sintiendo la misma... de eso no me arrepiento).
Sigo la ruta, caminos agrícolas entre extraordinarias explotaciones de naranjos, alguna granja y un poco por aquí un poco por allá alguna caseta de veraneo y fin de semana. Se oyen voces casi en todas... niños que juegan, ellas (las madres) que arreglan, ellos (los padres) que hacen alguna chapucilla o están en el terrenito de huerta... Tópico pero real... muy real.
Pues eso, caminos agrícolas, más piedras y más charcos de los que hubiera deseado, a veces hecho de menos las miniseñales del señor Bicimetro (pensé que debía escribirle para decirle que ponga más... muchas más... pero ahora, cuando escribo, me doy cuenta de que no lo hice... pero le agradezco en el alma las pocas que encontré).


Sigo, carril bici junto a una carretera por la que pasan ciclistas a toda pastilla, una zona residencial. Miro por su hay restaurante y tomar un cortadito. Creo que lo tienen pero me da pereza sacar el candado y atar la bici... y más que pereza, miedo... ¿y si me la roban? ¡Cuántas veces volveré a tener esta sensación! Bastantes... la sigo teniendo.
Especialmente se añade hoy a la soledad la oscuridad de este domingo muy nuboso. Alguna gotita, nada de importancia. Subo a la bici y por el carril bici me dirijo a Marines, paso frente a él sin entrar. Mal hecho, debía acercarme hasta el bar Bella y tomar un cortadito. No entro y no se porqué.
Prometo no volver a pasar de largo. Sigo la ruta nº 17 del Bicimetro. A cada poco la voy ojeando, me sirve más o menos. Está bastante bien explicado todo, pero para uno no muy diestro es fácil perderse pero... ¡Milagro! Alguien tuvo el detalle de ir señalizando la ruta con unas plaquitas de fondo blanco y tinta roja con el logo del metro, una flechita y una bicicleta (creo... no estoy muy seguro de haber acertado con la descripción de la miniseñal... ahora me arrepiento de no haberle hecho alguna foto... me arrepiento ahora de no haber hechos muchas fotos... me arrepiento ahora de haber tenido demasiada prisa... o quizá demasiada emoción... bueno... de lo de la emoción no me arrepiento... lo escribo ahora y sigo sintiendo la misma... de eso no me arrepiento).
Sigo la ruta, caminos agrícolas entre extraordinarias explotaciones de naranjos, alguna granja y un poco por aquí un poco por allá alguna caseta de veraneo y fin de semana. Se oyen voces casi en todas... niños que juegan, ellas (las madres) que arreglan, ellos (los padres) que hacen alguna chapucilla o están en el terrenito de huerta... Tópico pero real... muy real.
Pues eso, caminos agrícolas, más piedras y más charcos de los que hubiera deseado, a veces hecho de menos las miniseñales del señor Bicimetro (pensé que debía escribirle para decirle que ponga más... muchas más... pero ahora, cuando escribo, me doy cuenta de que no lo hice... pero le agradezco en el alma las pocas que encontré).
Un aljibe, luego dentro de otra gran finca con gran casa encontraré otro. Está abandonado, le hago alguna foto(nuevamente muy malas las fotos). Estas construcciones hidráulicas perdieron su uso tras la generalización del riego por goteo (quizás antes) y están ambos abandonadas, especialmente este primero, que al siguiente no pude acercarme por estar tras la valla metálica de la finca, pero supongo que estaría por el estilo. Son bonitos. Profundos, oscuros y están tocados ya de muerte segura.
Sigo, carril bici junto a una carretera por la que pasan ciclistas a toda pastilla, una zona residencial. Miro por su hay restaurante y tomar un cortadito. Creo que lo tienen pero me da pereza sacar el candado y atar la bici... y más que pereza, miedo... ¿y si me la roban? ¡Cuántas veces volveré a tener esta sensación! Bastantes... la sigo teniendo.
Los pasé y no pasó nada malo.
De repente los Montes de Portaceli. Qué silencio más absoluto. No se oye nada. Estamos solos, la bicicleta, yo y unos muchos pinos y otros tantos arbustos de los que me siento incapaz de identificar y piedras, muchas piedras, el camino es casi más senda que otra cosa. De repente se fastidió el silencio. Ruidos que se acercan rápidamente. Un par de ciclistas que bajan como alma que lleva el diablo. ¡Qué velocidad! Se cruzan conmigo y ni me saludan, yo creo no llegaron ni a verme; apenas me atrevo a saludarles con la mirada y con un discreto ¡eh!
Almuerzo divinamente. De momento lo del culo soportable. El sabor a plástico del agua del bidón una cochinada. Vuelvo a pensar que tengo que comprarme uno como "diosmanda".
Y tomo la carretera Náquera-Serra. Divinamente asfaltada pero endemoniadamente empinada. Hago todas las subidas a pie tirando de la bicicleta. Me adelantan algunos ciclistas ufanos y veloces. Otros bajan más veloces todavía. El desviador de la cadena creo que no va muy bien o yo no sé manejar el cachivache. Puse el plato más pequeño para una subida y ahora la cadena se niega a volver al mediano... Que no hay manera. Al final me paro, apoyo la bici (vuelvo a recordar las ganas que tengo de que le pongan la pata de cabra –o como se llame el artilugio para apoyarla). Paso la cadena manualmente del plato pequeño al mediano. Esto no debe ser muy profesional pero es lo máximo que sé hacer. Sigo pedaleando en bajada veloz... muy veloz.

A Náquera por una urbanización. Me desvío por ella según la ruta nº 17 del Bicimetro. No hay mucho tráfico. Cae alguna gotita de lluvia. Cruzo la urbanización y sigo hasta Náquera.
Sigo adelante hasta cruzar el By-Pas por un paso elevado. Mucho tráfico por la vía rápida (tanto en dirección Barcelona como en la de Valencia), pero por el camino que yo llevo no van hoy ni las águilas (será cosa de la lluvia, será que es domingo, será que se acerca la hora de la comida).
Cerca ya de Rafelbunyol encuentro una cruz de piedra sobre una esbelta columna. Quiero hacerle alguna foto que valga la pena. Todas salen horribles (será la cámara, la poca luz, las gotitas de lluvia) pero no hay ni una que valga la pena.
Salgo de la estación de Manises. Llueve a manta. Con rapidez alocada (hubiera podido resbalar y estropearlo todo al final) llego a casa. Feliz, contento, no quepo en mí. Sin decirlo me siento un héroe. En casa están comiendo ya. Yo ya almorcé/comí en el Pi de la Bassa. Les cuento todo, todo no pero lo más importante sí. Comen, creo que un poquito sí les agobia mi relato (no a mi mujer no le agobia... ella me ve feliz y es feliz). Estoy tan emocionado de mi gesta que no pienso casi ni en la ducha. Definitivamente a la ducha, pijama, siesta dominguera en el sofá. Día perfecto, misión cumplida, primera salida, primera aventura. Me siento bien.
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El alma de la paleta
Llegó a casa en una vaciada desesperada de la casa materna de mi mujer, una vetusta casa de la calle Sagrario. Vetusta y además bonita, toda bellamente decorada con azulejería de finales del siglo XIX y principios del XX. Vetusta y además bonita, pero más aún con pocas o ningunas condiciones de habitabilidad y mal asunto el de una rehabilitación. Total que entre unas cosas y otras la casa vetusta y bonita ya no existe y en su lugar se está ya en acabados de un par de viviendas modernas y cómodas.
De aquella casa (la materna por parte de cónyuge) han quedado además de recuerdos, de humedades y de fríos, algunas cosas de las que se tocan y se pueden mover de un sitio a otro (de ahí lo de bienes muebles supongo). Entre alguno de esos bienes muebles, llegó a casa dentro de una bolsita de El Corte Inglés el artefacto que ahora nos ocupa junto a alguna otra cosa que ahora ya no recuerdo.
La bolsita y su contenido anduvo de un sitio para otro de la galería (parte del balcón que da a la cocina y al patio de luces y que con el tiempo y acristalado devino invernadero de plantas, artículos de limpieza y de objetos de otro tiempo (como es el del caso que nos ocupa). La bolsita desapareció (supongo que dándole un uso más preciso) y del contenido sólo quedó este cachivache debajo de la pila de lavar. Sitio en el que sigue estando ahí y que viéndolo día tras día mientras sentado en el taburete de enfrente fumo en pipa (que dentro de casa la familia no deja que lo haga) ahora me sugieren estas notas que como todo lo que escribo, surge apresuradamente y que tal cual lo escribo.
A la vista de la cosa uno no sabe exactamente qué es e incluso aún le queda a uno pendiente averiguar en realidad qué es, de dónde vino, para qué se hizo, con qué materiales. Pero puestos a darle vueltas al asunto y por los restos de ceniza que tiene en la parte que semeja cuchara plana, uno ve enseguida que acarició con frecuencia y durante bastante tiempo el fuego y los materiales combustibles.
¡Una paleta para remover el fuego (brasas) del brasero!. Mi mujer no tenía ni idea de para qué
servía dado que jamás lo había visto en funcionamiento ni nadie que lo manejara y más aún (esto me queda también por averiguar) jamás había tenido en casa brasero para los largos y húmedos inviernos. ¡Una paleta para remover el fuego (brasas) del brasero!. Pues será eso (contestó) y quedó en preguntar a su madre, una octogenaria señora que vivió toda su vida en la misma casa (la vetusta y bonita) y que dada sus buenas condiciones mentales seguro que podrá aclarar el asunto.
Mientras la respuesta llega uno se abalanza memoria abajo entre recuerdos que pasan fugaces y que apenas sabía que aún andaban por ahí. La primera curva en la que derrapó mi memoria la primera vez que vi el objeto (Una paleta para remover el fuego (brasas) del brasero), me vino a la memoria una vieja y ya en desuso paleta de esas de freír, dar la vuelta a las tortillas a la francesa y a los rebozados en general que mis abuelos, luego mi madre y luego yo mismo hacíamos servir para remover los rescoldos de las brasas del brasero (conca en valenciano y que en mi pueblo y en boca de mis antepasados sonaba a “copa” no se si por semejanza con una copa de cava de las del pecho de María Antonieta o porque dada la falta de escolarización en valenciano que sufrió este país (y sigue sufriendo aún) mis abuelos y padres pronunciaban mal la palabra “conca” y la hacía sonar como “copa”. Sea cual fuere el nombre verdadero y bien escrito, lo cierto es que aquel plato enorme de oxidada lata nos calentó durante muchos inviernos, previamente situado debajo de las faldas de la mesacamilla, curiosa mesa circular de listones de pino (después de contrachapado) que tenía en la parte inferior y cogida a las cuatro patas una pieza con un agujero circular para depositar dentro de él, sin que tuviera contacto con el suelo a la conca. De vez en cuando mi abuelo, luego mi madre y luego yo, con la vieja paleta de freír en desuso removíamos el contenido de la conca y las diminutas brasas –alguna chisporroteando si el fuego todavía estaba muy vivo, pasaban del fondo del fondo del recipiente a la parte superior del montoncito de cenizas, las que con el contacto del aire (supongo que por combustir oxígeno) se avivaban con fuerza y de repente el calor subía de forma notoria por nuestras piernas... por nuestras manos, astutamente colocadas entre las piernas para atrapar aún más calor.
Viendo el artilugio de debajo del fregadero, metálico (supongo que de bronce) y con restos aún de cenizas adheridas a su parte plana, esa fue la primera imagen que me vino a la mente ¡Una paleta para remover el fuego (brasas) del brasero!. Y siempre que recalo en esta imagen, atracón de recuerdos fugaces, veloces, como siempre cuesta abajo sin poder detenerlos mientras dura encendida la pipa. Recuerdo los montones de “espigons”, (centro de las mazorcas de maíz) debidamente secados en la “pallisa” de casa para ayudar al inicio de la combustión de la “molinà” (trocitos de carbón vegetal diminutos) que mi madre nos enviaba a comprar a casa el “petrolier”. Recuerdo el entramado de alambre protector para que no se desmontara el cumulito de “espigons” ya dispuesto dentro de la conca, recuerdo aventar el fuego para ayudar a la expansión del mismo entre los carboncillos, el humo... Más adelante mi madre inventará una forma más rápida y sin necesidad de usar “espigons” que en casa ya no teníamos... pero eso ya es otra historia. Y recuerdo las noches estudiando al calor de la conca y de Pope que sin hablar, aprendió las declinaciones de latín casi más rápido que yo. Y un agujero en un pantalón largo nuevísimo que nos hizo el sastre de la calle... Pero eso ya son eso mismo, otras historias y que tendrán que esperar otro momento.
¡Una paleta para remover el fuego (brasas) del brasero!. Le apunto a mi mujer que también podría ser una paleta para remover el fuego de “la cuïna econòmica”, aquella que funcionaba con carbón o trozos de madera y que era una versión más moderna de la tradicional “llar” o chimenea/cocina; pero en versión más reducida, de hierro colado y bastante más a la altura de las personas que cocinaban sin necesidad de agacharse o esforzarse colgando cazuelas de cadenas, tirantes o hierros. Un gran invento este de la “cuïna econòmica” el que le apunto a mi mujer. Pero ello no recuerda haber visto usar en casa este artefacto, ni la cuïna econòmica y yo tampoco.
Sin duda, nos hace mucha falta preguntar (y cada vez con mayor urgencia por lo del tiempo irremediable) a mi suegra... esa señora octogenaria que vivió toda su vida en la casa (vetusta y bonita) de la Calle Sagrario y averiguar si es paleta de “conca” o de cuïna econòmica”. Su memoria no es de un altísimo valor. En ella (su memoria) y en lo que nos cuente nos dejará ver su alma, el alma de la paleta... que también las paletas tienen alma.
De aquella casa (la materna por parte de cónyuge) han quedado además de recuerdos, de humedades y de fríos, algunas cosas de las que se tocan y se pueden mover de un sitio a otro (de ahí lo de bienes muebles supongo). Entre alguno de esos bienes muebles, llegó a casa dentro de una bolsita de El Corte Inglés el artefacto que ahora nos ocupa junto a alguna otra cosa que ahora ya no recuerdo.
La bolsita y su contenido anduvo de un sitio para otro de la galería (parte del balcón que da a la cocina y al patio de luces y que con el tiempo y acristalado devino invernadero de plantas, artículos de limpieza y de objetos de otro tiempo (como es el del caso que nos ocupa). La bolsita desapareció (supongo que dándole un uso más preciso) y del contenido sólo quedó este cachivache debajo de la pila de lavar. Sitio en el que sigue estando ahí y que viéndolo día tras día mientras sentado en el taburete de enfrente fumo en pipa (que dentro de casa la familia no deja que lo haga) ahora me sugieren estas notas que como todo lo que escribo, surge apresuradamente y que tal cual lo escribo.
A la vista de la cosa uno no sabe exactamente qué es e incluso aún le queda a uno pendiente averiguar en realidad qué es, de dónde vino, para qué se hizo, con qué materiales. Pero puestos a darle vueltas al asunto y por los restos de ceniza que tiene en la parte que semeja cuchara plana, uno ve enseguida que acarició con frecuencia y durante bastante tiempo el fuego y los materiales combustibles.
¡Una paleta para remover el fuego (brasas) del brasero!. Mi mujer no tenía ni idea de para qué
servía dado que jamás lo había visto en funcionamiento ni nadie que lo manejara y más aún (esto me queda también por averiguar) jamás había tenido en casa brasero para los largos y húmedos inviernos. ¡Una paleta para remover el fuego (brasas) del brasero!. Pues será eso (contestó) y quedó en preguntar a su madre, una octogenaria señora que vivió toda su vida en la misma casa (la vetusta y bonita) y que dada sus buenas condiciones mentales seguro que podrá aclarar el asunto.Mientras la respuesta llega uno se abalanza memoria abajo entre recuerdos que pasan fugaces y que apenas sabía que aún andaban por ahí. La primera curva en la que derrapó mi memoria la primera vez que vi el objeto (Una paleta para remover el fuego (brasas) del brasero), me vino a la memoria una vieja y ya en desuso paleta de esas de freír, dar la vuelta a las tortillas a la francesa y a los rebozados en general que mis abuelos, luego mi madre y luego yo mismo hacíamos servir para remover los rescoldos de las brasas del brasero (conca en valenciano y que en mi pueblo y en boca de mis antepasados sonaba a “copa” no se si por semejanza con una copa de cava de las del pecho de María Antonieta o porque dada la falta de escolarización en valenciano que sufrió este país (y sigue sufriendo aún) mis abuelos y padres pronunciaban mal la palabra “conca” y la hacía sonar como “copa”. Sea cual fuere el nombre verdadero y bien escrito, lo cierto es que aquel plato enorme de oxidada lata nos calentó durante muchos inviernos, previamente situado debajo de las faldas de la mesacamilla, curiosa mesa circular de listones de pino (después de contrachapado) que tenía en la parte inferior y cogida a las cuatro patas una pieza con un agujero circular para depositar dentro de él, sin que tuviera contacto con el suelo a la conca. De vez en cuando mi abuelo, luego mi madre y luego yo, con la vieja paleta de freír en desuso removíamos el contenido de la conca y las diminutas brasas –alguna chisporroteando si el fuego todavía estaba muy vivo, pasaban del fondo del fondo del recipiente a la parte superior del montoncito de cenizas, las que con el contacto del aire (supongo que por combustir oxígeno) se avivaban con fuerza y de repente el calor subía de forma notoria por nuestras piernas... por nuestras manos, astutamente colocadas entre las piernas para atrapar aún más calor.
Viendo el artilugio de debajo del fregadero, metálico (supongo que de bronce) y con restos aún de cenizas adheridas a su parte plana, esa fue la primera imagen que me vino a la mente ¡Una paleta para remover el fuego (brasas) del brasero!. Y siempre que recalo en esta imagen, atracón de recuerdos fugaces, veloces, como siempre cuesta abajo sin poder detenerlos mientras dura encendida la pipa. Recuerdo los montones de “espigons”, (centro de las mazorcas de maíz) debidamente secados en la “pallisa” de casa para ayudar al inicio de la combustión de la “molinà” (trocitos de carbón vegetal diminutos) que mi madre nos enviaba a comprar a casa el “petrolier”. Recuerdo el entramado de alambre protector para que no se desmontara el cumulito de “espigons” ya dispuesto dentro de la conca, recuerdo aventar el fuego para ayudar a la expansión del mismo entre los carboncillos, el humo... Más adelante mi madre inventará una forma más rápida y sin necesidad de usar “espigons” que en casa ya no teníamos... pero eso ya es otra historia. Y recuerdo las noches estudiando al calor de la conca y de Pope que sin hablar, aprendió las declinaciones de latín casi más rápido que yo. Y un agujero en un pantalón largo nuevísimo que nos hizo el sastre de la calle... Pero eso ya son eso mismo, otras historias y que tendrán que esperar otro momento.
¡Una paleta para remover el fuego (brasas) del brasero!. Le apunto a mi mujer que también podría ser una paleta para remover el fuego de “la cuïna econòmica”, aquella que funcionaba con carbón o trozos de madera y que era una versión más moderna de la tradicional “llar” o chimenea/cocina; pero en versión más reducida, de hierro colado y bastante más a la altura de las personas que cocinaban sin necesidad de agacharse o esforzarse colgando cazuelas de cadenas, tirantes o hierros. Un gran invento este de la “cuïna econòmica” el que le apunto a mi mujer. Pero ello no recuerda haber visto usar en casa este artefacto, ni la cuïna econòmica y yo tampoco.
Sin duda, nos hace mucha falta preguntar (y cada vez con mayor urgencia por lo del tiempo irremediable) a mi suegra... esa señora octogenaria que vivió toda su vida en la casa (vetusta y bonita) de la Calle Sagrario y averiguar si es paleta de “conca” o de cuïna econòmica”. Su memoria no es de un altísimo valor. En ella (su memoria) y en lo que nos cuente nos dejará ver su alma, el alma de la paleta... que también las paletas tienen alma.
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